¿Estamos perdiendo el buen “arte de conversar”?

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La conversación, estar juntos, mirarse y quererse bien… también hoy.

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Tiempos hubo en que hombres y mujeres desarrollaban lo que se podríamos llamar el “arte de conversar”, intercambiando -hasta ceremoniosamente- sus impresiones, sus conocimientos, sus alegrías, sus tristezas. Esa reciprocidad no era sólo de palabras, en las cuales se resaltaban tonos de voz y gestos, sino también de miradas.
Como si fuera una música, estos intercambios de personalidades, de mentalidades, de pensamientos, de formas de ser, entran en sintonía.

Por eso bien decía una virtuosa señora nacida en el siglo XIX, pero que vivió gran parte de sus años en el convulsionado siglo XX, que “vivir es: estar juntos, mirarse y quererse bien”.

En nuestros días, por diversas circunstancias, se ha perdido el convivio familiar. Hasta hace pocos años la televisión -penetrando en el interior de las familias- había tomado el puesto de “rey del hogar”. Lo había sido antes el periódico, que absorbía la atención de nuestros abuelos, alejándolos por completo en los momentos de su lectura del ambiente que lo rodeaba.

Hoy, el mundo de la tecnología, del computador, de los juegos electrónicos, de los celulares de última generación… nos invade de una forma completamente peculiar.

Están avanzando los sistemas de comunicación a una velocidad que nos impresiona. Claro que no se podrán negar las “bondades” con que nos benefician: comunicación inmediata, relacionamiento que supera las distancias geográficas más inimaginables, solucionar preocupaciones si bien que también traerlas de inmediato a tono…, alegrías pero también desgracias las sabemos de inmediato.

Las distancias fueron superadas, nos comunicamos con cualquier lugar del orbe. Pero, cada vez más no hablamos, no nos comunicamos, no nos relacionamos, cuando… ¡estamos cerca!

Bien comenta el educador argentino Guillermo Jaim Etcheverry al decir que se sufre “la tiranía de lo instantáneo, de lo disperso, de la sobredosis de información y de la conexión con un mundo virtual, que terminará acabando con el otrora delicioso placer de conversar con el otro frente a frente”. 1

Frases como “papi, mírame, dejá de mirar todo el tiempo a tu teléfono” dicha por algún afligido hijo; o “¡mírame cuando te hablo!” de una madre regañando a su hijo tomado en una atención hipnótica ante la pantalla de un iPad o de un juego electrónico; son expresiones que se han vuelto frecuentes en nuestros días.

Según un estudio del Departamento de Pediatría del Centro Médico de la Universidad de Boston, de 55 grupos examinados, 75 % de los adultos utilizaron dispositivos móviles durante la comida.

Una encuesta de la Consultora Common Sense Media 2 realizada en el año 2013 en los Estados Unidos halló que el 38% de los niños menores de dos años usaba teléfonos celulares para mirar videos o jugar.

Estadísticas de The Kaiser Family Foundation 3 mostraron que los chicos, en los Estados Unidos, de 8 a 18 años pasan más de 7 horas y media diarias en las redes sociales.

Las pantallas cautivan la atención. El “estar juntos, mirarse y quererse bien” va perdiendo espacio. La ausencia del vínculo presencial repercute en el desarrollo psicológico, y por lo tanto en la afectividad.

“Ellos -en concreto los niños- necesitan de la mirada del adulto, del estímulo, del tacto, de la atención exclusiva“, destaca el doctor Guillermo Golffard de la Sociedad Argentina de Pediatría 4 .

En Escuela para Padres 5 encontramos la singular afirmación de la psicóloga Eva Rotenberg: “En el vínculo entre padres e hijos falta comunicación, hablar cara a cara desde las emociones, lo que genera un verdadero problema en la construcción del yo y potencia la patología del vacío”

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