¿Te estremece la muerte? Sólo si muero a mí mismo surgirá una vida nueva

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Nos sigue costando trabajo creer que de la muerte pueda surgir la vida. Nos parece difícil imaginar que algo que muere pueda tener en su seno el germen de una nueva vida.

Sabemos que de la vida surge vida. Cuanta más vida hay más vida se desarrolla. La vida se multiplica, crece. La fecundidad aumenta.

Es verdad que la semilla tiene que morir para ser otra cosa. Para ser hombres nuevos tenemos que morir al hombre viejo.

Pero tantas veces nos quedamos consternados ante la muerte. La misma muerte de Jesús en la cruz nos estremece. Muerto, sin vida, sin lágrimas que se puedan derramar. La lanzada abierta es el comienzo de la vida. La muerte de la que surge la vida eterna.

El otro día vi un Cristo de la vida. Un Cristo sin lanzada, justo antes de morir, que nos miraba lleno de misericordia. No conozco una mirada así. Sobrecoge que nos miren perdonando cuando la vida está a punto de desaparecer. Ese instante último es la última mirada de Cristo.

Era necesaria la muerte para la vida. Sin esa muerte, sin ver sus ojos apagarse, no tendríamos a cambio una mirada que no desaparece, que nunca se apaga.

Su muerte trae una vida para siempre. Abre una puerta cerrada. Levanta a los caídos. Hace posible el cielo. Apaga los relojes que cuentan las horas. Sin la muerte no hay vida para siempre.

Pero, ¡cuánto nos cuesta morir! Cerrar los ojos, dejar de existir. Nos cuesta la muerte de los nuestros. Dejan de estar en nuestro camino. Nosotros seguimos. Su muerte nos parece injusta, innecesaria.

A veces nos falta fe en la vida eterna. Nos cuesta mirar con los ojos de Dios. Mirar más allá de la muralla que nos separa de un mundo que no conocemos. Nos asusta el vacío y la soledad eterna que sólo añoramos.

¿Qué hay realmente detrás de esos ojos que se cierran? ¿Qué hay detrás de la vida que amamos y nos deja? Nos asusta el abismo de la eternidad, esa transformación tan completa. Una vida nueva.

Queremos vivir aquí y ahora. Pero eso no nos basta. Eso no llena el alma. Quiero la vida nueva, quiero este nuevo día que comienza cuando soy capaz de morir a mí mismo, a mis pretensiones y sueños. Cuando cierro los ojos a la vida que no me da vida, a la tierra que no me deja crecer como persona.

Sólo si muero a mí mismo surgirá una vida nueva, una esperanza que no acaba nunca. ¡Cuánto nos cuesta morir, renunciar, enterrarnos, quedarnos en un segundo plano, desaparecer, dejar espacio a otros!

¡Cuánto nos cuesta renunciar a las tentaciones que nos prometen lo eterno anclado en la tierra, una felicidad que no dura, un placer que desaparece y nos deja insatisfechos!

Morir nos duele en lo más hondo. Nos resistimos a esa muerte que abre la puerta verdadera. La que nos muestra un horizonte nuevo en el que somos realmente lo que estamos llamados a ser. ¿A qué queremos morir hoy para que brote la vida nueva en el alma?

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